Archive for 4 noviembre 2008

Gracias por la piecita, cuñada.
4, noviembre, 2008


    Gracias por prestarme la piecita, cuñada. Un tiempito nomás; uno de estos días el Negro me va a venir a buscar. Sí, es verdad, me echó. Pero no por loquear, no. Yo nunca le falté a mi hombre, como hombre. Le tomé el puesto, solamente, encaré al Viruela para proteger mi pareja. Los hombres, entre el honor y el orgullo pierden de vista lo verdaderamente  valioso: la vida, la familia. Lo hice  a un lado sin aviso, que está mal, pero el Negro, después de la operación, no está para poner en juego su fama. Pero claro, su honor se lo defiende él, aunque no esté para evitar pinchazos. ¡Qué infantiles, los hombres!. Todavía soy joven para el luto y el Negro, mientras yo pueda, no se muda al cajón.

     El Viruela sabía que era el momento oportuno para agrandarse, antes el Negro lo amainaba con la chancleta, ahora estaba en baja.

     Fue ¿se acuerda, cuñada? Cuando yo era joven, soltera y calentona y me gustaba que el Viruela, entonces primer cuchillo del barrio, me arrastrara el ala. Bué, yo era una perdida en esos tiempos. Cualquier ala era buena. Hasta que apareció el Negro. Me agarró para su lado, sin aceptar peros, que yo por otro lado no tenía, sólo para coquetear. Y me llevó con él. Y no pude seguir jodiendo. Ni quise, alguna vez hay que pararla.

   Es por eso que ahora, con el Negro enfermo, la vuelta del Viruela me sonó a velorio.

  —Si tiene algún reclamo, que pase por caja; yo lo espero —opinó el Negro. ¡Qué fanfarrones, los hombres!

  Una noche que el Viruela se cruzó en mi camino, nada casual, me anunció el desastre.

 —Prepará las valijas, que te mudás.

  No soy tan astuta, esto ya lo tenía pensado:  —¿Y yo no opino? Hace mucho que no nos vemos, digamos, de cerca. ¿Por qué no pasás por casa esta noche? El Negro tiene un viaje a Benavides. ¡Qué fáciles, los hombres! El Viruela se fue contento, en ganador.

  Esa noche llegó, silencioso como un puma. El Negro estaba en el bar. El Viruela sin saludar se me echó encima. —Después hablamos  —me dijo ya casi jadeando

  La navaja de afeitar del Negro, brillante como luna nueva, le hizo un surco suave y hondo en el cuello. Los chorros de sangre marcaban los latidos del corazón. Estaba asustado, el pobre. Las manos no le alcanzaban para parar el oleaje. La cara del Viruela era un homenaje a la incredulidad. Sí, estaba muriendo. Sí, yo era la homicida. Sí, yo lo hubiera matado mil veces más para proteger la vida de mi hombre.

   Cuando llegó el Negro, yo lo estaba esperando, navaja en mano, tirada en el zaguán. No dijo palabra. Me siguió hasta la pieza. Casi se resbala en el charco de sangre.

  —Yo lo hice venir, para matarlo —simplifiqué—. Te quería retar a duelo, aprovechando. Nos salvamos.

  —¿Me defendiste?¿Me salvaron unas polleras?¿Yo qué soy, el maricón  de la familia? —Estaba desencajado. ¡Qué boludos, los hombres!

   El Negro no es de pegarme. Ni yo lo hubiese permitido, soy su mujer, no su felpudo. Pero esta vez me encajó un cachetazo que todavía estoy buscando la cara. Después, qué incomprensibles los hombres, me atropelló ahí, en la mesa del comedor, pa que aprenda quién es el hombre, gritaba. Fue memorable, me dieron ganas de andar buscando otra víctima, para el futuro.

  Pero claro, después, a patadas, me echó con este atadito. Y aquí estoy, cuñada. No es que no le de razón al Negro. Los hombres son celosos de su imagen, como pavos reales. Pero yo sigo con marido y Ud. con hermano.

  Y él va a volver a buscarme. Uno de estos días. Estoy segura.

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No la aguanto más
4, noviembre, 2008

  

Arriba…

¡Qué minón! ¡Es una máquina! Con gesto firme y frío trabé la puerta con el pie, para que la diosa entre al ascensor. La impresioné; me largó una sonrisa para derretir el polo. Yo le hice un gesto seco, de macho duro. Se paralizó. Ma sí, yo la aprieto ahora mismo…

¡Que lo parió! Me olvidé que ando con mina. Ya me tiene podrido, siempre pegada, como de  toda la vida. Tengo que librarme de una vez por todas, no le debo nada, ella me debe su felicidad, sus insomnios, su motivo de vivir. Me rajaría con el minón, ya mismo.

Las dos mujeres se miraron, me miraron, se miraron sonriendo falsamente. A que se pelean, por mí. Yo las dejo, la que gane se queda conmigo, por un ratito, hasta que me cruce con otra estatua de carne. Me miró de nuevo, me sonrió, está regalada. Le hice una exhibición de lengüetazas como para estremecerla. Se estremeció. Cayó contra una pared del ascensor, los ojos desorbitados. Mi acompañante se hizo la desentendida, seguro que después, en casa, me hace una escena.

El minón, al rato, cambió susto por interés. Seguro que se ratoneó con mi lengua. Me miraba de reojo y se reía. Son todas igual, hay que irles directo al frente. Ma sí, ya está conmigo. Yo me le acerco, la franeleo un poco, como por casualidad. ¡Qué carne, dura y tibia! Me sintió, le agarró una risa histérica. Yo me la atraco ahora. Le levanto la pollera, le arranco la bombacha, la aplasto contra la pared. Ya nomás paro el ascensor, le muerdo una teta, le rompo…

El ascensor se detiene. La puerta se abre.

—Vamos, ya llegamos. La tía nos espera, dale, que te quiere conocer.

—Sí, mamá.

Me aferra la mano y salimos del ascensor. ¡Con esta mina voy a morir virgen! Ni miro para atrás, para qué, otra oportunidad perdida. No la aguanto más, a esta mina. Me busco un bulo y me rajo. Voy a ser libre.

¿Esa es la tía? ¡Qué buena que está! Le gustó el chupón con el que la saludé. Yo a ésta la volteo no bien pueda. Si se porta bien me mudo con ella.

Pero con mi madre se acabó. No la aguanto más.